Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Malaquías 3, 1 – 4; Salmo 25; Hebreos2, 14-18; Lucas 2, 22-40

Compromiso bautismal

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Nos encontramos en un día especial para pensar en la Consagración. Es el día mundial de la vida consagrada y se nos recuerda en este acontecimiento, que la Sagrada Familia de Nazaret, se ha consagrado al servicio de Dios. Se nos muestra en la primera lectura como en el mismo pueblo van surgiendo experiencias de consagración, una tribu específica asume una tradición que le prepara para el servicio en el templo, se consagran para presentar la ofrenda de todo el pueblo a Dios. La presencia de una tribu sacerdotal, es evidencia, recuerdo, memorial, de la alianza que Dios ha establecido con ellos. Hoy hablamos de pueblo sacerdotal, y por ello a la vez que recordamos la consagración en el sacerdocio y la vida religiosa, nos fortalecemos en la conciencia de ser parte del pueblo consagrado a Dios, por medio de nuestro bautismo en donde recibimos una vocación especial en el sacerdocio común.

 

Por su parte la manera en que Jesús es presentado en el templo, pone de manifiesto la manera en que se hace partícipe de nuestra historia. En esta ocasión por medio de sus padres, se acerca a la cultura propia de su pueblo, que con el rito del rescate del primogénito, hace énfasis en la manera en que los hijos son consagrados, dedicados a Dios. Al mismo tiempo en este rito, sucedía la purificación de la madre después del parto. En una y otra circunstancia, el día de hoy nos pone en la dinámica del Espíritu, en donde podemos entender participamos por nuestro propio bautismo.

 

Para la ley de Moisés, la presentación del niño era realizada por un sacerdote de la tribu de Leví, según el precepto comunicado por Moisés. Hoy es Simeón quien toma al niño en sus manos y proclama las gratas novicias anunciadas ya en las Escrituras. Jesús mismo en su condición de sacerdote, ya no lo será según la pertenencia a una tribu, si no por su ser consagrado a Dios, Él es “Sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. Aquí se resalta más que la función ministerial, la capacidad de despojarse de sí mismo, convirtiéndose así en sacerdote, víctima y altar. Cuando los cristianos asumimos nuestro bautismo, entonces nos hacemos participes de esta entrega a Dios. Pues Jesús constantemente se ofrece en su cuerpo místico, la Iglesia, al Padre celestial.

 

María por su parte, no necesitaba del rito de purificación, pues ha sido concebida sin pecado original, María no asiste al ritual previsto para ello, sino que es sorprendida con la profecía que le anuncia Ana. En la cual se manifiesta contundentemente, la manera en que su hijo, va a entregar su vida por el rescate de todos. Esta celebración nos recuerda por tanto, que el asumir la luz de la fe, es mucho más que participar en un rito de iniciación o purificación. Es en cambio, consagrar la vida, comprometer su propia persona con Dios, no ante la mirada de los hombres, sino en la alabanza que surge porque nos invita a ser luz del mundo y el mismo se ofrece para la salvación de todos, de ello somos a la vez testigos y destinatarios. ¿De qué manera podemos vivir esa entrega, hoy que se nos invita al “llamado católico”? damos con alegría, dones, tiempo y entrega.

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