Quinto Domingo de Cuaresma

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 1-45

Sostenidos por Dios

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Llegamos al quinto domingo de cuaresma rodeados de ámbitos difíciles de asumir, ya que a medida que los días pasan la crisis mundial es más alarmante, el temor se apodera de muchos espacios, pues no sólo amenaza la propagación de un virus frente al cual se ensayan medidas para frenar su devastadora influencia, sino que muchas otras situaciones conexas empiezan a evidenciarse; falta de conciencia colectiva, incapacidad instalada para atender emergencias, desplome de las economías mundiales y la consiguiente falta de solvencia para proveer elementos esenciales para la vida en tantos lugares… entre muchas otras cosas que pueden hacernos vivir en un sueño del que ya queremos despertar.

 

En este panorama desolador amenazante de muerte, la fe, que también ha tenido su profunda confrontación en estos episodios, hoy viene con una voz de aliento especial: “Jesús despliega su poder, venciendo la muerte”. El pasaje del Evangelio de este día no es el único en mostrar este poder especial de Jesús, puede resonar en nuestras mentes los siguientes episodios: entrando a la casa de Jairo, toma a la niña de su mano y la hace levantarse para la vida (Marcos 5, 35-42). Después al entrar a una ciudad se encuentro con uno que llevaban a enterrar y conmovido con la madre del difunto, detiene el cortejo fúnebre y lo despierta del sueño profundo (Lucas 7, 11-17) y hoy va hasta el profundo poder de la muerte para arrebatarle a Lázaro, de quién dice la Escritura, ya olía. Jesús, en estos hechos vemos que Jesús es camino y vida que nos ayuda a superar los límites de la muerte.

 

No se trata de ver el pasaje con ingenuidad, creyendo que cargando una estampita o una contra en nuestro bolsillo seremos librados por nuestra fe. Pues el signo de hoy es mucho más grande: a pesar de recibir la noticia de que su amigo, a quién amaba, se encontraba enfermo Jesús no se apresura a curarlo, ni María o Marta le piden como el jefe romano elogiado por Jesús quién logro que desde la distancia Jesús curara a su criado, (Lc 7, 6-7) nos dice sin embargo el motivo de este signo “Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para gloria de Dios, y el Hijo del Hombre será glorificado por ella” (Juan 11,4). Entendemos muy bien que lo ocurrido con Lázaro, no es la Resurrección que profesamos en nuestro credo, pues este vuelve a la vida pero debe morir de nuevo. Más bien se trata de entrar en una dinámica de relación con el Padre de quién las Escrituras nos dicen: En la vida y en la muerte somos del Señor. Atestiguado por la esperanza que sostiene a esta familia que profesa su fe en la Resurrección, Jesús antes del signo dice: “Yo soy la resurrección, el que cree en mí aunque muera vivirá” les pregunta y lo hace también con nosotros “¿crees esto?” (Juann 11,26) y más adelante “si crees esto, verás la gloria de Dios”.

 

Tal vez este signo hoy nos impele para que fortalezcamos nuestra fe con signos claros de amor y unidad, es la manera de mostrar nuestra esperanza en la Resurrección, con el profeta Ezequiel, renovemos nuestra esperanza, aquella que le dio sostuvo al pueblo de Israel en el destierro a pesar de experimentar tanta necesidad, expresada con la figura de los huesos secos, ante ello la certeza era: sin importar que llega a sufrir el pueblo, se siente depositario de una promesa, serían conducidos a la tierra prometida. Dios sigue declarándonos su amor y renueva su promesa de permanecer siempre a nuestro lado.

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