Natividad del Señor

Isaías 9, 1-3.5-6; Salmo 95; tito 2, 11-14; Lucas 2,1-14

Abrir nuestros ojos para adorar el misterio

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Hemos llegado a la noche santa de Navidad, en donde nos proponemos abrir nuestra mirada para adorar el misterio. Adorar, es el estado espiritual de una persona que se queda maravillada, sobrecogida, por lo que están contemplando sus ojos y este asombro le conduce a experimentar un profundo amor por su Dios, a quién reconoce de manera particular con el gesto particular que hace frente suyo. Por eso en esta noche es importante preguntarnos qué es lo que contemplamos y a qué nos conduce esta noche.

 

Una situación externa obliga a José y a María a salir de su hogar, emprender un viaje para dirigirse a Belén y recibir allí a su Hijo. Se puede percibir en esta escena una situación de precariedad que mostrará una característica del Reino Mesiánico: reino sin honores ni poderes terrenos que corresponden con lo que más tarde diría el mismo Jesús: el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza. Así nuestra adoración consistirá en entender que Dios llega a la precariedad de nuestra vida, para ponerla en el lugar que corresponde. De la misma manera en que redime, asume nuestra humanidad, le honramos y adoramos cuando nos hacemos cargo de la vida que de El hemos recibido.

 

Por otro lado contemplamos a María y a José, recibiendo a su Hijo sin poderle ofrecer una digna morada, ellos que sabían la procedencia del Niño, es descrito por Lucas así: “Llegó el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada” No contaban ni siquiera con las preparaciones más básicas que toda familia tiene de acuerdo a sus posibilidades, lo cual contrasta con la dignidad del Altísimo. Aquí podemos entender que al acoger la vida procedente de Dios, es más importante el amor y la ternura, que las mismas posibilidades que se puedan brindar. Adorar a Dios en el pesebre nos implica en el reconocimiento de nuestra propia dignidad.

 

El rechazo de una posada entre los suyos, contrasta con la acogida que le dan los pastores a quienes se les anuncia una gran alegría: en su tierra ha nacido el Mesías, el Salvador. María había anunciado en el magnificat: el nacimiento de Jesús es signo de la misericordia de Dios, que se manifiesta a los humildes y pobres de corazón. Una verdadera adoración se da sólo con un espíritu humilde capaz de reconocer a su Dios y Señor, lo cual implica una actitud de disponibilidad constante para servirle.

 

El frío que el Niño Jesús experimenta en el pesebre, puede ser un signo especial que invita a quien lo contempla, a querer arroparle, la manera de hacerlo con mayor eficacia es en la práctica de la misericordia, ya que a esto ha venido al mundo, nos ha revelado el rostro misericordioso del Padre, nos acerca a su amor y por ello mismo nos compromete a reconocerle en la humanidad dolida.

 

Este Niño, se nos da hoy como signo de libertad y de paz, de fortaleza y esperanza, elementos que alcanzamos plenamente al participar de esta celebración Eucarística en donde se nos ofrece en las especies sagradas de su Cuerpo y Sangre, las cuales nos permiten crecer constantemente en el deseo de la Vida Eterna, acerquémonos a él con un corazón dispuesto a recibirle y servirle.

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