La Pasión del Señor

Isaías 52, 13 – 53,127; Salmo 30; Hebreos 4,14 – 16; 5, 7-9; Juan 18, 1 – 19,42

Lávate las manos

Fr. Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Lavarse las manos, es una de las primeras enseñanzas que recibimos al llegar a este mundo, y hemos aprendido el valor que tiene como estrategia de asepsia para evitar la propagación de virus. Hoy esta enseñanza es quizá la que ocupa un mayor espacio en los medios de comunicación, es recomendada  por todos e incluso se ha aumentado la frecuencia y el cuidado de esta práctica en cada persona. Una situación extrema nos ha llevado a rescatar el valor fundamental de una sencilla enseñanza. Así mismo en este día, meditemos sobre un signo sencillo que muchos recibimos incluso sin tener conciencia de ello y que hoy adquiere gran importancia para quienes extrañamos las celebraciones propias de esta Semana Santa asumirlo nos permite vivir en esperanza; me refiero a la señal de la cruz, que el día de nuestro bautismo un ministro de la Iglesia, nuestros padres y padrinos trazaron solemnemente sobre nuestras frentes, para señalar que le pertenecemos a Dios y asumimos el compromiso de imitar a Cristo haciéndonos obedientes al proyecto del Padre.

 

Hoy contemplamos a Jesús dando el testimonio más grande del amor de Dios. Aquel que cruzó diferentes caminos, y con sus gestos y palabras curó a tantos de sus enfermedades, hoy hace lo mismo con nosotros. Desde su trono tiene el gesto más grande de amor, da la vida por sus amigos (Juan 15,13) y desde allí cada una de sus palabra y de sus gestos son predicación, la manera en que la pongamos en que las convirtamos en acciones acrecentará nuestra amistad con Él (Juan 15,14). Debemos estar atentos, vigilantes; una vez que si pasamos por la vida pensando que las situaciones de dolor que viven tantos hermanos en el mundo no es algo que tenga que ver con nosotros, no estaremos más que desentendiéndonos del mensaje de la cruz.

 

Imaginemos que había en la mente y el corazón de Pilato al lavarse las manos (Mateo 27,24), ante todo porque el evangelio que meditamos hoy pone en sus labios “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él” (Juan 19,6) después de la sentencia es seguro que la injusticia, el desasosiego por dejarse llevar ante la petición de las otras autoridades y sus propios miedos, han movido su corazón. Nosotros hoy al mirar la cruz, al reflexionar en nuestro propio pecado personal y estructural, hemos de ser movidos a compasión. Es decir vivir del amor que brota de la Cruz (Proverbios 8,17), de ella entendemos que el Redentor se compadece de nosotros, asume nuestros dolores, nos abre a una relación de confianza y esperanza (Hebreos 14,16). A la solidaridad que reclama Jesús a la hora de su muerte, podemos responder con las obras de misericordia, los gobiernos y cada persona que puede están buscando atender las necesidades físicas, en esta oración ante Jesús crucificado, atendamos también sus necesidades espirituales, por ello en este día la Iglesia hace la oración por el mundo entero de manera solemne.

 

María que observaba y conservaba todo en su corazón nos haga entender las palabras del Evangelio “El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean” (Juan 19,35)

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