La Cena del Señor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; 1 Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

La sangre del Cordero y el retorno

Fr. Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

En las bodas de Caná, ante el primer signo que Jesús obra en favor de proporcionar una inmensa alegría a sus amigos, le dice a su madre “todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4) y hoy nos encontramos precisamente en el memorial de su hora decisiva, en donde revela el momento de glorificar al Padre y el amor extremo con el que nos acoge. Así lo anuncia el mismo Evangelio: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo” (Juan 13, 1) la consecuencia de este amor es su muerte en la cruz, hecho Redentor que restablece nuestra amistad con el Padre. Por ello el memorial sacrificial que se renueva constantemente en esta comida, “la Eucaristía”, es huella indeleble de su amor.

 

Jesús pasa de este mundo al Padre, pero no se va de la misma manera en que vino, el “Verbo se encarnó y habitó entre nosotros¨ (Juan 1, 14) y al retornar a su origen va con nuestra humanidad. La ha tocado, conoce el sufrimiento y nos ha enseñado el camino perfecto para glorificar al Padre en medio de las dificultades cotidianas, nos permite confesar que nuestra condición humana no es un impedimento para permitir que el Espíritu que habita en nosotros haga su obra. En este punto el lavatorio de los pies, propio de este día santo resulta muy significativo.

 

Es un gesto simple, pero de una significación muy profunda. En él, Jesús Rompe con la actitud del primer hombre, Adán, que en el paraíso alarga la mano ante el ofrecimiento engañoso que le ofrece hacerse como Dios, allí la serpiente le propone “Dios sabe que el día en que coman de él se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Génesis 3,5) en Jesús, por el contrario, vemos al Hijo de Dios, que toma la condición de esclavo. Ciertamente, en el lavatorio no asume el rol del más importante, sino del último. Gran enseñanza para permitirle a Dios ser Dios y asumir nuestra humanidad en actitud de servicio. Si alguien piensa en que la persona de menor rango, o él pueblo con menos oportunidades, es quien debe servir, que se pregunté si en la Cena había alguien de mayor rango que Jesús (Filipenses 2,1-10). De esta manera no hay excusa para vivir el Servicio.

 

Al iniciar el Sagrado Triduo Pascual, no podemos olvidar que este nos dirige a la Pascua, a la Resurrección, a la Vida nueva. Tal vez la cuarentena que vivimos a causa del COVID-19, nos obliga a quedarnos en casa; pero a la vez hace que resuene con mayor fuerza el texto que relata la espera del pueblo de Israel, que se encontraba encerrado en sus casas, celebrando en intimidad de familia, el mensaje proviene del autor de la primera lectura: “La sangre les servirá de señal en las casas donde habitan ustedes. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo y no habrá entre ustedes plaga exterminadora” (Éxodo 12, 13).

 

La sangre del cordero, verdadera bebida, está presente en este día con la significación de que Dios está cerca, que nos hará pasar de la muerte a la vida. Esto se nos da como promesa y realidad. Como promesa lo esperamos en la eternidad, en cuanto a la realidad, en nuestro bautismo hemos pasado de la muerte a la vida (Romanos 6, 4), hemos sido sellados con el Espíritu de Dios (Efesios 1,13). Por ello si queremos dar el paso decisivo, la tarea está en asumir nuestro compromiso de fe, que nos hace sabernos pueblo de la alianza eterna, sellada para siempre en la sangre del Cordero que compartimos.

 

Encomendémonos a María, ella que supo interpretar su papel en la Redención que su Hijo nos ofrece, nos ayude a entender y acoger con dignidad a su Hijo, quien se nos da como Alimento de Vida Eterna. Recibamos en este día la comunión espiritual, como anhelo del día glorioso en que le veremos tal cual es.

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