Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

Isaías 8, 23 – 9,3; Salmo 26; 1 Corintios 1,10-13.17; Mateo 4, 12-23

Discípulos de Cristo

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Nos llamamos cristianos, y en muchas ocasiones quisiéramos tener fuertes argumentos para defender nuestra fe. De hecho nos cuesta entendernos con las personas que piensan religiosamente diferente a nosotros. Los problemas de definiciones dogmáticas, trae muchos conflictos entre los pueblos. En medio de ello, hoy la liturgia de la Palabra nos presenta una manera especial de defender y profesar a conciencia nuestra fe. Abrazando a Jesús, como el Mesías, el Hijo de Dios por medio de nuestro discipulado.

 

En un primer momento fijémonos en la figura de Apolo, presentado hoy en la segunda lectura. Lucas nos lo presenta como un judío procedente de Alejandría, que se encuentra con Pablo en Efeso y predica en Corinto, reconocido por su elocuencia y conocimiento de las Escrituras, por medio de las cuáles argumentaba convincentemente que Jesús es el Mesías (Hch 18, 24…). En medio de la exaltación del don recibido por Apolo, Pablo por su parte, insiste en que para dar testimonio de Jesús como Mesías, no se requiere una buena argumentación, es decir la sabiduría de las palabras, sino la eficacia de la cruz, que nos predica el lenguaje del amor de Dios. Este lenguaje se entiende en descubrir que el bautizo recibido nos hace hermanos en Cristo y no sólo pertenecientes a Pablo, Pedro, Apolo… pues todos bautizan en nombre de Cristo. Como consecuencia él dirá en 1 Corintios 3,23 “ustedes son de Cristo y Cristo de Dios”.

 

Los lugares en los que inicia la comunidad, en donde tienen lugar muchas conversiones y se acogen numerosos miembros en la comunidad cristiana por medio del bautismo, son lugares de encuentro, de desarrollo cultural y cruces de caminos en donde se unen los comercios, las culturas, las religiones e innombrables experiencias humanas.  Al seguir las huellas de la conformación del cristianismo, nos damos cuenta que esta comunidad, reconoce a Jesús, no como un motivador, sino como su razón de ser. La comunión que se crea a raíz de la confesión de Jesús como el Cristo como el Salvador, es única. La comunidad conformada e instruida por el Espíritu Santo, es el lugar propio para que sus miembros escuchen el llamado y vivan su vocación discipular, es lugar para discernir la voluntad del Padre en el mensaje que ha dejado Jesús, una comunidad configura en Jesucristo, se convierte en luz del mundo, se siente enviada al mundo para presentar a Jesucristo de manera particular “el Señor es mi luz y mi salvación”, expresado en el salmo de esta liturgia, no es una exclamación de tipo individual, sino de la totalidad de un pueblo que se reconoce bajo la sombra de Dios.

 

Esta comunidad discipular, a la cual también pertenecemos en virtud de nuestro bautismo, tiene una misión especial que es descrita por el testimonio del evangelista Mateo: actualizar la noticia proclamada por Isaías, se nos ha dado una nueva luz. Jesús, la nueva luz no llega de Jerusalén, sino de Galilea, en los territorios de las tribus de Neftalí y Zabulón que siempre habían tenido la fama de ser del paganismo. Establecido en Cafarnaúm empieza a anunciar la Buena Nueva, la predicación de la Construcción del Reino de Dios, que como consecuencia trae la llamada de los primeros discípulos; Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Ellos y nosotros nos unimos en una misma intención evidenciar con nuestra entrega que Jesús, es el Señor, y como lo hizo en Galilea, hoy viene a todo lugar para Proclamar la buena nueva del Reino de Dios y curar a la gente de toda enfermedad y dolencia.

 

Al profesar hoy nuestra fe, dirijamos nuestra mirada al altar y presentémonos a Dios, con la disposición del discípulo que sabe, a ejemplo de María, la discípula por excelencia, consagrar su vida sabiéndose en constante actitud de servicio.

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