Tercer Domingo de Adviento

Isaías 35, 1-6a.10; Salmo 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

Abre tus ojos para ver el camino

Alegrarse, Comprometerse, Llegar

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Estamos en el Domingo Gaudete, o domingo de la alegría y llegamos a él después de unas festividades intensas que nos han acompañado durante esta semana. Seguramente el corazón está lleno de entusiasmo porque hemos tenido la oportunidad del encuentro festivo en la comunidad, que nos ha fortalecido en la fe y nos ha propiciado espacios esenciales para percibir la bendición de Dios. Sin embargo la alegría propia de este domingo, nos invita a continuar nuestro camino de preparación a la Navidad, abriendo nuestros ojos para ver el camino que nos conducirá a la Salvación.

 

La alegría del Adviento, es especial, porque no es algo pasajero, sino una expresión sublime de la esperanza cristiana, que puede reconocer la presencia de Dios en nuestra historia, nos convoca para vivir en el mundo con el compromiso propio de quién encuentra en la historia personal y comunitaria la presencia viva de Dios. Las lecturas de este domingo nos indican el camino que hemos de recorrer para celebrar adecuadamente las festividades Navideñas.

 

En la primera lectura, encontramos una invitación a regocijarnos en el Señor, porque al revisar la historia sagrada y la historia personal, encontramos que la justicia de Dios, nos permite redescubrir la manera en que el pueblo elegido desarrolló la idea de un “Dios vengador y justiciero” como nos lo presenta Isaías. A partir de una lectura atenta, descubrimos que el dios hecho a la medida humana, se transforma para hacer justicia, curándonos de toda enfermedad, y por ello dice el mismo profeta, “no teman, ya viene para salvarnos”. Este ofrecimiento, se convierte en motivo esencial de la alegría del Adviento, el Señor toma nuestra carne, sana nuestros sentidos y permanece fiel a su palabra, como lo proclama el salmista; quiere mostrarnos el camino para que hagamos realidad el proyecto de Dios, hemos sido hechos a su imagen y semejanza.

 

La alegría que experimentamos por la cercanía de nuestra salvación nos conduce al compromiso. Es así, como el apóstol Santiago nos presenta el camino para prepararnos; “aprendiendo de la paciencia del labrador, recogeremos también el fruto”. Con ello entendemos que la manera de preparar el camino del Señor, no es con un anuncio devastador y un lenguaje destructor que suscite andar en el temor; sino que debe ser un lenguaje propositivo que nos permita curar mutuamente nuestras heridas a ejemplo del Maestro.

 

Escuchamos así en el Evangelio, la invitación de Jesús, si alguien quiere identificar al Mesías, que le podamos decir “lo que hemos visto y oído”. Jesús abre nuestros sentidos para que podamos reconocer, aceptar y acoger el mensaje de amor del Padre. Nos ofrece su salvación, así viendo el ofrecimiento de Dios, podemos descubrir nuestra meta y movernos hacia ella.

 

Con estas indicaciones proponemos como signo de este domingo, “el camino de María y José” para el empadronamiento, allí podremos preguntarnos si en verdad estamos preparados para abrirle las puertas a quién busca acogida en nuestra vida. En esta reflexión, quizá sirva de orientación estas palabras del papa Benedicto XVI: “En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no que nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios”

 

La pobreza del nacimiento de Cristo en belén, además de ser objeto de adoración para los cristianos, también es escuela de vida para cada hombre. Esta pobreza nos enseña que para combatir la miseria, tanto material como espiritual, es preciso recorrer el camino de la solidaridad, que impulsó a Jesús a compartir nuestra condición humana (Eduardo Camino-Ramón Jimeno, ¡Ya es navidad! Y así la ve Benedicto XVI)

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