Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Isaías 49, 3.5-6; Salmo 39; 1 Corintios 1,1-3; Juan 1, 29-34

Abrir nuestros ojos y reconocer a Dios en lo cotidiano

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Inmersos en el Tiempo Ordinario, nos reunimos en este II Domingo de este Tiempo y dejándonos interpelar por la liturgia de la Palabra, le preguntamos ¿de qué manera podemos vivir nuestra cotidianidad, y en el mismo acto estar unidos en la oración, en diálogo frecuente con Dios? ¿Cómo poder servirle y glorificar su nombre en medio de las preocupaciones necesarias para proveer las condiciones del desarrollo de una vida digna, para nosotros y nuestras familias? La respuesta surge inmediatamente al darnos cuenta de la continuidad del Evangelio de hoy con el del Domingo del Bautismo del Señor. Juan resalta en él, no por ser el bautista, ni el profeta, sino por ser quién señala a Jesús como el Cristo, como el Mesías, como el Cordero de Dios. En otras palabras resalta su papel de ser testigo.

 

Es en la vida cotidiana en donde estamos llamados a dar testimonio de que Dios camina a nuestro lado y nos ofrece su salvación, que se traduce en una historia envuelta en la dinámica de quién se reconoce como cristiano, a quién Pablo y Sóstenes, llaman santos. Al nombrar así a la comunidad cristiana, lo hacen no pensando en la perfección de la vida que llevan, sino en el sentido de consagrado. El pueblo cristiano es santo por su cabeza en la cual se ofrece al Padre en el Espíritu. Por ello, el pueblo es también incensado en el curso de la celebración eucarística, se ofrece a Dios, considerando a Cristo como Señor, se le toma como maestro de vida y de la historia en la búsqueda del mejor camino para realizar la voluntad del Padre. Al invocar el nombre de Cristo, como Señor, lo ponemos en el horizonte de la vida personal y comunitaria, de esa manera podemos sentir que el saludo de gracia y paz de parte del apóstol y su colaborador, se dirige a nosotros, a todos los que invocamos el nombre de Cristo. Convocados como lo indica la primera lectura para que la salvación llegue hasta todos los rincones de la tierra.

 

Juan que conocía las profecías en torno al Mesías, es capaz de leer en lo cotidiano un signo especial. El cielo se abrió y la voz fue escuchada ante muchos que presenciaron el bautismo, pero sólo es Juan quién interpreta y señala a Jesús de una manera nueva, como el Señor, el Mesías, el Cordero, es también su familiar, hijo de María la prima de su madre, seguramente podemos visualizar que establece una relacionalidad diferente. Todo esto sucede en tanto que Juan, se encuentra cumpliendo la misión a la cual se había sentido convocado, ofrecer la predicación y el bautismo para la conversión. Si queremos encontrar la santidad, meta de todo hijo de Dios, necesitamos interpretar en los signos que Dios presenta en nuestra cotidianidad, la manera nueva de vivir acorde a nuestra condición de bautizados, necesitamos asentir con nuestros actos, que creemos que somos el pueblo de Dios, destinado a mostrar a Cristo como Salvador del Mundo, al Padre ejerciendo su Misericordia y al Espíritu que nos enseña y conduce para profesar nuestra fe.

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