Segundo Domingo de Adviento

Isaías 11, 1-10; Salmo 72; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12

Abre tus ojos y reconoce el mensaje de Dios

Contemplar, silencio dialogante, ver (Revelación de Dios)

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Estamos en el segundo Domingo de Adviento y continuamos en la preparación para que nuestros ojos ajusten su mirada, adquiriendo la visión perfecta, veinte-veinte, que sólo nos puede dar Dios con la acción de su Espíritu. En el Domingo pasado entendíamos que para recibir al mensajero de Dios debemos prepararnos con una actitud que nos hace desear el encuentro real con Dios, así tuvimos como figura la Anunciación del Ángel a María, allí el ángel como mensajero, encontró a la mujer destinada a ser puerta de la Salvación ofrecida por Dios, y después de recibir al mensajero, se convierte ella misma en mensajera. Ahora nos corresponde reflexionar en torno al Mensaje. Y para ello proponemos el camino de la contemplación: un silencio dialogante que permite que el mensaje sea revelación de la Buena Nueva.

 

Contemplar, es una acción que en muchas ocasiones se relaciona con una actitud de quietud, de desentendimiento de las cosas de este mundo, algo propio para los monasterios, sin embargo la realidad, es que es el testimonio de la vida monástica, brilla en nuestra vida cristiana como un testimonio de la urgencia de cultivar en toda forma de vida cristiana, el diálogo constante con Dios, de tal manera que podamos discernir su voluntad, la cual se manifiesta por boca del salmista en la instauración del Reino de Justicia, presente cuando permitimos que el Espíritu de Dios dirija nuestras vidas.

 

Para actuar con esta actitud en nuestras vidas es necesario aprender el silencio propio de la vida contemplativa, que no es ausencia de sonidos, sino un perfecto diálogo. No podemos dialogar en realidad si nuestras palabras antes no han escuchado a nuestro interlocutor; pues el diálogo se funda en preguntas y respuestas, sugerencias y correspondencias, proposiciones y aceptaciones o negaciones. Y es esto lo que ocurre en el silencio, que permite entablar un diálogo sincero y fructífero con Dios. A esto ayuda la meditación de la Palabra, bajo la perspectiva de encontrar en ella un mensaje para nuestra salvación, así dice el apóstol san Pablo indicándonos que “todo lo que en los libros santos se escribió, es para instrucción nuestra, a fin de que, por la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza”.

 

Para que este Silencio fructífero que es base de la contemplación nos abra la mirada, para reconocer el mensaje que Dios nos envía, debemos entender que toda Palabra que sale de la boca del Señor, nos comunica espíritu y vida. Por ello la mirada que nos dispone a recibir el mensaje, es una mirada interior, debemos aprender a mirar más con los ojos del alma. A esto nos invita el profeta Isaías cuando dice que “Dios no juzgará por apariencias”, el verdadero juicio de Dios se manifiesta en la confianza que el tiene en nosotros, siempre no lo enseña cumpliendo su promesa, enviar al Espíritu de la verdad que lo enseñara todo, o como anuncia Juan el bautista “El los bautizara en el Espíritu Santo y su fuego”. Acción que tiene la capacidad de darnos el valor para cumplir la voluntad del Señor.

 

De esta actitud contemplativa, queremos proponer como figura del adviento a José y su sueño, en esto podemos comprender muchas cosas. La Escritura muestra que era un hombre justo, y hoy la primera lectura nos ha manifestado que la justicia se da en la Confianza en Dios, en su sueño, diríamos mirada contemplativa, silencio dialogante, encuentra la fortaleza para aceptar la misión que Dios le encomienda y por ello al despertar, asume su papel en el hogar de Nazaret. Aprendamos de él a buscar en Dios, sentido a la cotidianidad de nuestra vida.

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