Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario

Levítico 19, 1-2. 17-18; Salmo 102; 1 Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

Reconocer la Santidad de Dios

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Estamos en un momento especial de nuestra celebración, nos hemos reunido para el encuentro dominical de la comunidad, en donde hemos escuchado la Palabra de Dios y nos preparamos para recibir a Cristo mismo que se ha quedo como alimento de vida eterna. En medio de ello será pertinente que reflexionemos, bajo la guía del Espíritu Santo, qué tanto reconocemos la santidad de Dios.

 

La Palabra de Dios, seguramente ha dejado eco en nuestro corazón sobre la manera en que debemos amar a nuestro prójimo, el tratamiento que le hemos de dar a las ofensas o los sentimientos que debemos evitar si queremos ser coherentes con la fe que profesamos. Sin embargo, debemos estar atentos ya que en la Palabra proclamada, más que una orientación moral, se nos hace una confesión de fe: Dios es santo, y estamos invitados a buscar la santidad.

 

En un primer momento considero importante señalar, que la santidad de Dios, se puede traducir en su amor. El que es reconocido santo, se revela estableciendo una alianza de amor. La relación de la Trinidad, en medio de la cual cada uno fue llamado a la existencia, es una relación de donación, expresión más elocuente del amor. Es así que a Dios, la Escritura lo define como “Dios es amor” y al ser creados a su imagen y semejanza, estamos llamados a vivir una profunda relación de donación. Esta relación de amor, semejanza con Dios, no se asume de un momento a otro, hay cierta progresividad en la manera de asumirlo en el camino hacia la vida eterna, sólo allí amaremos plenamente porque le veremos tal cual es. En el pasaje del levítico el amor propuesto, no se refiere todavía al amor universal que propondrá Jesús en su predicación. La consideración de quien es prójimo es diferente en el A.T.

 

Como muchas veces se nos olvida vivir de acuerdo a la imagen de Dios impresa en nuestro interior, la Palabra meditada, nos recuerda por medio de san Pablo “No olvide, que somos templo del Espíritu Santo”. La insistencia en que no se nos olvide, procede de entender que el proyecto de amor instaurado por Dios, se realiza en la manera en que nos amamos. De allí la insistencia de evitar las divisiones. El rencor, la envía, el orgullo… dividen, mientras que el amor une. El gesto litúrgico de incensar al pueblo de Dios en el momento de la ofrenda, es para hacer énfasis en esta realidad, que no olvidemos que somos templo del Espíritu Santo.

 

En el Evangelio, encontramos una invitación directa a amar a los enemigos, que invita a entrar en la relación de justicia divina, que supera toda legislación sobre el trato a las ofensas. El desarrollo de la ley humana entiende que la justicia consiste en hacer pasar por una experiencia similar, a quien ha infringido un daño (Ex 21, 23-25) se hará justicia cuando la medida aplicada es la merecida. Esta ley superada en las Escrituras, es una declaración de la justicia divina tan diferente a la nuestra (Ex 34,6) Es Dios que se presenta como rico en piedad y misericordia, lento a la cólera y lleno de amor.

 

Por ello entendemos que Jesús más que una lección moral, nos hace una revelación del Padre y nos recuerda la misión de ser luz para el mundo. “Sean perfectos como su Padre celeste es perfecto”. Las exigencias presentes en el Evangelio nos pueden parecer exageradas, sin embargo cuando descubrimos la medida que Dios utiliza con nosotros en la dispensación de su amor, nos puede ayudar a dar pasos hacia la vida bienaventurada. En compañía de María, abracemos la cruz de Cristo, para sanar el dolor que dejan las heridas ocasionadas por la injusticia.

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