Cuarto Domingo de Cuaresma

1 Samuel 16, 6-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1-41

Elegidos para iluminar

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

En este día la Iglesia celebra el “Domingo Laetare”, una ocasión especial para visualizar la alegría que trae la preparación de la celebración de la Pascua. En este camino cuaresmal, la situación actual del mundo nos ha obligado a cambiar el ritmo de nuestras vidas y esta tiene que ser una oportunidad para vislumbrar la luz que nos ofrece Jesús en su mensaje de salvación que contemplamos hoy en la sagrada liturgia.

 

En la primera lectura el profeta busca un sucesor del trono, y en esta búsqueda afanada por encontrar quien puede proteger al pueblo en nombre del Señor, se anuncia un gran mensaje: “no considere la apariencia ni su talla, pues los hombres se fijan en la apariencia, pero el Señor mira el corazón”. Dios nos recuerda que conoce nuestro corazón y que a pesar de las cosas inadecuadas que puedan estar en él, tiene confianza en nosotros. El rey buscado por Samuel, es elegido por Dios, ungido de Dios y ha recibido la unción del Espíritu. Las mismas condiciones que experimenta cada uno de los hijos e hijas de Dios. Por ello nuestra conciencia de ser elegidos como pueblo de Dios, nación santa, hijos e hijas de un mismo Padre, nos hace entender que en la vivencia de nuestra fe no debe evidenciarse la presencia de dos actitudes: la prepotencia ni la desconfianza. De la misma manera en que somos amados y elegidos por Dios, quien da las cualidades y la fuerza, debemos amarnos unos a otros y apoyarnos en solidaridad ante la cruel realidad que se presenta en tantos contextos amenazante de muerte.

 

El apóstol san Pablo, en la misma línea de elección nos recuerda que en el bautismo comienza para los creyentes una nueva vida, marcada por la vida en el Espíritu, una vida en la luz, cuyos rayos se evidencian en la bondad, la justicia y la caridad que proceden de la fe en Dios. Allí entendemos que la vocación cristiana consiste en reflejar la luz de Cristo, la luz que nos ha sido dada de lo alto, la luz que existía desde antes del mundo, la luz que brilla en medio de la obscuridad que no nos permite ver con claridad.

 

Así llegamos a contemplar el gran milagro que nos ofrece la Buena Nueva operada por Jesús, la curación de un ciego de nacimiento. Esta es nuestra alegría, Jesús se compadece de nuestras cegueras y por ello conmovido se acerca a nuestra realidad para limpiarnos. Entendemos perfectamente que si es dura una incapacidad de percibir las cosas con el órgano de la visión, puede llegar a ser más cruenta la pérdida de la visión interior. Esta última se pierde muchas veces por nuestra terquedad, que no nos permite aceptar el ofrecimiento de salvación que nos hace Jesús. El ciego del Evangelio recibe más de lo que deseaba. Pues no sólo recobró la vista, si no que como señala la escritura acogió el camino de lo vida eterna al decir “creo”.

 

En estas circunstancia acojamos la misericordia que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo, para que asumiendo nuestra realidad, podamos ver y entender que la luz que nos trae Cristo se impone a la oscuridad que pueda llegar de las interpretaciones sesgadas y cerradas que ven en la pandemia mundial un castigo divino, en lugar de ello, les invito a que tomemos en serio este tiempo de desierto que nos permite redescubrir grandes valores humanos y familiares en los que podremos reencontrarnos también con el amor de Dios. María nos haga más atentos a la voz de su Hijo y nos permita abrir nuestros ojos a Dios que tiene confianza en que con nuestra práctica común de fe podemos en verdad ser luz del mundo.

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