Domingo de Ramos

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-10; Mateo (21, 1-11) 26, 14-27, 66

El contraste de las masas

Fr. Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Hoy iniciamos la celebración de la Semana Santa y estamos obligados a vivirla de una manera diferente, en el mundo entero se vive una realidad que nos impide tener las celebraciones multitudinarias propias de este tiempo santo. Sin embargo los impedimentos físicos, no son un obstáculo para que la gracia del Señor se derrame en la creación entera, atendiendo la oración de tantas personas que en este día especial buscan la manera de meditar y encontrarse con la fortaleza que Dios nos ofrece en estos momentos de angustia.

 

Este Domingo de Ramos, en el que se medita en la Pasión del Señor, nos pone ante una realidad contrastante, por un lado el pueblo recibe con gran júbilo al Mesías, en medio de aclamaciones y con la esperanza puesta en que había llegado el momento para que Dios manifestara su poderío; por otro lado, el mismo Señor, Rey del universo, es rechazado y despreciado hasta tal punto de ser conducido a sufrir la pena más cruel, reservada para los peores criminales de aquel momento. En una y otra escena, resalta el entusiasmo con el que la masa reacciona. En el relato de la entrada triunfante a Jerusalén, la escena esta descrita así: “La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: ¡Hosanna!...” (Mt 21, 8-9 ) por su parte en el momento del juicio, autoridades civiles y religiosas, al tiempo que individuos y la multitud permitieron, que aquel que había despertado su admiración, fuera crucificado.

 

Para aprovechar lo que aquí nos cuenta Mateo, es necesario ir más allá de buscar los culpables, que sólo nos pueden dejar en la actitud de amar a unos y despreciar a otros. Para poder confesar “Verdaderamente este es el Hijo de Dios” (Mt 27,54), pidamos al Señor que su Espíritu nos ayude a escuchar el mensaje que Jesús tiene para nosotros en medio del ruido ensordecedor de la multitud.

 

Quien es acogido en la entrada de Jerusalén en medio de cantos y proclamas de victoria, llega, no montado sobre los mejores corceles o rodeado de ejércitos temerarios, como era la costumbre de los reyes que querían provocar el temor y el respeto de sus súbditos, sino sobre un borrico y rodeado de sus discípulos, gente sencilla. Recordándonos así, que su poder, no se muestra bajo la aparente fuerza destructora de las armas de dominación, sino sobre la real fuerza transformadora del amor. Un reino anunciado desde siempre y que suscita la admiración de quien sabe contemplar la acción de Dios, como lo hizo María en el Magnificat: “destrona a los potentados y exalta a los humildes” (Lc 1,52).

 

La escena descrita en el relato de la Pasión, nos confunde si nos quedamos viendo el poder destructor de las presiones políticas y religiosas motivadas por el temor a perder su poder, la capacidad de engaño que es capaz de mover las masas para cumplir los objetivos de unos pocos, y el temor que desdibuja el sentido de la fidelidad de sus seguidores. Sin embargo, el silencio y la obediencia del Mesías, en medio de la turba ensordecedora, proclama con una voz potente el amor y la victoria de Dios.

 

Continuemos nuestra celebración, reconociendo la manera en que Dios llega hoy a nuestras vidas: no hemos podido batir palmas, pero nuestros corazones tienen la oportunidad de dedicar un mayor tiempo a la escucha de la Palabra que renueva la alianza de amor que Dios ha establecido con nosotros: “los conduciré al desierto y les hablaré al corazón” (Os 2,16). Las palmas son signo de que el tiempo cuaresmal está a punto de terminar, por ello ¿Qué nos ha dicho Dios, en este inmenso desierto? La pandemia es una realidad alarmante, pero no olvidemos que hay muchas cosas más a nuestro alrededor y especialmente en nuestro interior que podemos y debemos incentivar, mientras protegemos nuestro cuerpo con las orientaciones bien difundidas por los diversos medios de comunicación.

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