Tercer Domingo de Cuaresma

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Dispuestos para escuchar al Señor

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Es bien conocido y confirmado por la OMS que el agua es fundamental para la vida y la salud. Incluso se presenta como base para el reconocimiento de la dignidad humana al declararse que “disponer de agua potable es indispensable para llevar una vida saludable”. Esta es sólo una simple constatación que nos ayudará a reflexionar del paralelo que hace Jesús, pues utiliza esta figura para ponerla en relación con la Vida eterna. La falta de compensación de este preciado líquido vital, hace que la vida se pueda poner en riesgo, puede llevar a un mal funcionamiento de nuestros órganos y en ocasiones hasta la muerte. Por lo tanto no es de extrañar que Jesús, quién constantemente pone a nuestro alcance figuras que ayudan a comprender la importancia del mensaje que nos trae, utilice este elemento para señalar su importancia. Veamos lo que sucede en la escena que nos presenta hoy el Evangelio.

 

Lo primero que nos encontramos en la escena, es a Jesús cansado del camino recostado junto a la fuente y una mujer extranjera, excluida, que llega en busca de agua necesaria para sus actividades cotidianas. Sin pretensión de transpolar el sentido de los textos, podríamos preguntarnos lo que esto significa, cuando sabemos que también en nuestra cotidianidad, Jesús está junto al pozo de la Salvación esperando que nosotros lleguemos a buscar el agua que nos ofrece para calmar nuestra sed.

 

Al acercarse a esta fuente, hay algo o mejor alguien que la sorprende y causa su curiosidad, por lo cual asume una actitud de diálogo, que se convierte en una especial apertura para reconocer el don que se le está ofreciendo “si conocieras el don de Dios, si supieras quien es el que te habla y te pide de beber”. Es precisamente la escucha la que suscita en esta sencilla una petición que le conduce a experimentar algo nuevo, “Señor dame de esa agua”. El diálogo hace percibir que a pesar de que eran considerados heréticos, los samaritanos también esperaban al Mesías por eso ella dice: “yo sé que el Mesías vendrá, al que llaman Cristo, nos hará conocer todo” y es precisamente este encuentro con el Mesías el que le hace reconocer su propia verdad, quién es y sale a dar testimonio.

 

Entendemos así que el don que nos trae Jesús, es la vida en Dios, está es la que nos conduce a la Vida eterna. Por ello escuchamos en la voz de Pablo y en el uso litúrgico que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5) este es el agua viva que se hace fecunda en nosotros y nos conduce hasta la vida eterna, es ofrecido por Jesús. “el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed, se convertirá en él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”

 

El don de Dios, que nos ha sido dado en nuestro bautismo, nos inquieta para que busquemos calmar nuestra sed en Dios, y llegando preparados a la vida sacramental, reconocemos quienes somos y quien calma nuestra sed, en la escucha atenta de la Palabra nuestra vida se cuestiona para que pueda a su vez anunciar a los demás lo que hemos experimentado, evidenciamos así el camino que nos conduce a la vida eterna. Celebremos la sobreabundancia de nuestro bautismo en el compromiso como católicos, al llevar una voz de esperanza en estos momentos de confusión. El espíritu que nos sostiene se hace fuerte en la oración, no permitamos que se debilite, pues al deshidratarnos, podemos perder la fuerza necesaria para llegar a la meta señalada por nuestro Dios.

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