Epifanía del Señor

Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3,2-3ª.5-6; Mateo 2, 1-12

Abre tus ojos para hacer una ofrenda agradable

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

La liturgia de la Palabra nos viene hoy como un rayo de luz que proporciona alegría en nuestra alma. El motivo es el anuncio gozoso de todos los pueblos que son acogidos por Dios, reunidos como una gran familia. Por ello en esta solemnidad de la Epifanía, estamos llamados a abrir nuestros ojos para que nuestra ofrenda sea agradable a Dios.

 

Lo primero que debemos considerar es la universalidad de la Salvación que nos ofrece el Niño del Pesebre que los sabios vienen a adorar. En ellos podemos entender como bien lo anuncia el papa Benedicto XVI en su obra la Infancia de Jesús, representan a todos los que están en búsqueda de la Verdad, es decir de aquella experiencia fundamental que da libertad al alma humana, para el encuentro con ella son dirigidos por un signo que ha debido ser interpretado a la luz de la revelación, es por ello que con decisión van tras la estrella, salen de sus países, de sus comodidades porque arden en el deseo del encuentro con lo que este fenómeno natural les está anunciando. En ello se nos abre la mirada, para que podamos interpretar los signos por medio de los cuales hoy Dios nos anuncia esta misma gran noticia y nos señala el lugar de encuentro con nuestra salvación. Identificando en un pobre Niño al Rey de reyes, se disponen a ofrecer sus presentes. En cada uno de ellos nos unimos también en esta celebración.

 

Oro: tiene el carácter de metal precioso con el cual se honra a los reyes, y en el signo presentado en el pesebre, hay claro reconocimiento del Reino de los cielos que se hace presente no con el poder de los reyes del mundo, sino con la humildad y la mansedumbre de nuestro Rey que ha llegado en la fragilidad de un Niño. La postración ante un rey, implica sumisión, adhesión a sus proyectos. Así que hoy presentamos como signo de este don el Santo Crisma, signo para nosotros de la consagración a Dios, reconociendo en el que nuestros proyectos, nuestra propia vida se quiere postrar ante el Rey que se nos ha dado, para que con sabiduría podamos servirle en el hoy de nuestras vidas.

 

Incienso: es el aroma que en las culturas se ha ofrecido a los dioses. Y por ello los sabios se lo presentan al Niño Jesús, no se escandalizan de su humanidad, sino que reconocen en este hombre al Emmanuel anunciado por los profetas, reconocen al Dios con Nosotros. También hoy lo hacemos en esta celebración presentando el libro de las intenciones de la comunidad, en el entendemos que en Dios podemos confiar, que sólo en Él ponemos nuestras preocupaciones, nuestros anhelos e ilusiones, con la confianza que nuestra oración es escuchada por el Único Dios.

 

En la mirra, ungüento para embalsamar los cadáveres, reconocen los sabios, que este Niño iba a morir por la salvación de todos. Sabemos nosotros que en la vida y en la muerte le pertenecemos a Dios y es por ello que nuestra vida cristiana, debe estar siempre sostenida por la fe, para que expida un aroma agradable, refleje en su actuar, que es sostenida por obra del mismo Dios. Esta experiencia no termina en la muerte, sino que se extiende a través de ella, para la gloria eterna. Por ello presentamos en ofrenda, el libro de la vida, en el cual están escritos los nombres de los seres que han partido de este mundo y hemos encomendado a Dios, nuestros difuntos están en sus manos y esperamos que cuando seamos llamados también nuestros nombres estén inscritos en él.

 

Continuemos nuestra Eucaristía con la consciencia clara de que en este altar cotidianamente se unen todos los pueblos que reconocen a Jesucristo como pan de Vida, fortaleza para que la vida del cristiano pueda acercarse a Dios con aroma de santidad. Sacrificio agradable a su nombre.

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