Bioética en el Magisterio Latinoamericano

Conferencia en el XI congreso convocado por la Revista Optantes, Studium Generale de la Orden de Predicadores y la Facultad de Teología de la Universidad Santo Tomás, bajo el título "Teologías y Contextos Sociales an América Latina". Octubre 23, 24 y 25 del 2013

Fray Duberney Rodas Grajales, O.P.

 

Este XI Congreso convocado por la revista OPTANTES y la facultad de teología de la Universidad Santo Tomás, ha planteado como objetivo resaltar la importancia de la teología en las nuevas formas de pensar y  mostrar su aporte en el contexto latinoamericano. Se me ha invitado generosamente a participar en él haciendo eco del magisterio latinoamericano en el discurso bioético.

 

En la Sagrada Escritura, una idea difundida es que Dios como Creador es el dueño de la vida, con la salvedad que al crear al hombre le ha dado poder sobre las demás criaturas y a su alcance pone vida y muerte (Dt. 30,15-20). Se ha insistido en que el hombre hecho a imagen de Dios (Gn. 1, 26-27) debe adoptar una postura responsable ante su vida, la de los demás seres y el mundo (Gn. 1,28) pero siempre teniendo presente que somos administradores, pues el dueño de la vida y de la muerte es su Creador (Dt. 32,39). Sin embargo, los acontecimientos que muestran las intervenciones en el inicio, transcurso y final de la vida nos han llevado a tener la impresión de que la vida ahora está en nuestras manos y que podemos hacer con ella lo que se nos ocurra, en muchas ocasiones sin medir consecuencias y sin tener presente la dignidad de los seres que se intervienen y que en repetidas ocasiones son tratados como instrumentos para alcanzar los objetivos de Estados o de personas particulares, que muestran al mundo sus proyectos proponiendo los beneficios sin dejar ver las consecuencias. Como ejemplo podríamos tomar la siguiente referencia de Niceto Blázquez (2010):

 

Al final de la primera década del siglo XXI se han producido novedades importantes en el campo del genoma humano, de la clonación y del uso de las células madre, lo cual ha potenciado la esperanza de mejorar la calidad de vida a partir de la terapia génica y la producción artificial de embriones humanos para ser utilizados con fines terapéuticos. Pero estas novedades no se llevan a cabo sin el sacrificio directo, programado y legalmente blindado de vidas humanas antes de nacer o ya nacidas, en nombre del progreso científico y del desprecio a la vida de los más débiles e indefensos por parte de quienes más deben ofrecerles protección.  (p.12) 

 

Cuando la vida es abordada con técnicas medicas e investigativas que se olvidan de la dignidad de la persona, se convierte en un simple elemento de estudio desde su funcionamiento fisiológico sin salvaguardar su integridad, lo cual da ocasión a la presencia de grandes desequilibrios en la distribución de los recursos entre quienes los necesitan y quienes pueden pagar por ellos, como es el caso de los trasplantes de órganos, las técnicas de fecundación in vitro o las posibilidades de alquilar un vientre, entre muchas otras posibilidades conocidas hoy. Así mismo podríamos considerar los atrevimientos de la ciencia que interviene directamente sobre la vida humana, aplicando sobre ella métodos experimentales que sólo se utilizaban en otros seres vivos, allí han aparecido temas que no eran abordados por la ética y la moral médica, y que ahora se reflexionan desde la bioética, como son los relacionados con la genética y las investigaciones sobre el embrión entre otros. Sabiendo que con las intervenciones médicas se pueden obtener consecuencias saludables o nefastas para la vida humana Niceto Blázquez Fernández (2010), nos introduce en el discernimiento de nuestro quehacer a favor de la vida, destacando el más genuino sentido de responsabilidad y de compromiso con ella, así lanza algunas preguntas que señalan cómo la práctica médica nos obliga a buscar la legitimación humana mediante razones éticas y razones legislativas.

 

Qué puede uno hacer con su propia vida y qué pueden hacer los demás con las vidas ajenas. ¿Dejarlas nacer? ¿Dejarlas vivir? ¿Eliminarlas por indicación médica o por decisión de los tribunales de justicia? ¿Somos solo material genético de usar y tirar o somos siempre personas llamadas a vivir lo mejor posible y a morir con dignidad? (p.10)

 

El origen etimológico de la bioética es bien conocido, pero convendrá recordarlo en cuanto que estas problemáticas son abordadas en la actualidad por ella. Del griego “bios”, vida y “ethos”, ética; el término es traducido comúnmente como “ética de la vida” o también “ética de la biología”. Con esta sencilla aproximación podemos percibir que no ha sido fácil delimitar a qué tipo de vida se refiere, en muchos espacios al hablar de Bioética, no sólo se piensa en problemas que surgen en el ámbito sanitario sino que se abre a la preocupación generalizada de intervención en toda especie de vida  y cuando puntualizamos que es a la vida humana, no se ha formulado una teoría definitiva de cuándo empieza ésta; del mismo modo ha sido problemático establecer un enfoque, pues los hay tan diversos como formulaciones éticas. Lo que podríamos decir, es que se trata de una disciplina académica, inscrita en las ciencias humanas, y que su interés central consiste en señalar qué es la vida humana y cómo ha de ser tratada con la dignidad que le corresponde.

 

Al aproximarse a la bioética es frecuente encontrarse con concepciones que insisten en que esta ciencia debe separarse de toda concepción religiosa, porque ven en ella un impedimento para el progreso de la humanidad en el ámbito científico y en el ejercicio de la “libertad”; sin embargo, quienes de alguna forma avistamos el papel ineludible de la religión en todo lo que se refiere a la vida[1], podemos encontrar razones suficientes por las que el discurso teológico es necesario en la Bioética:

 

La bioética se ocupa de la vida humana y Dios es la FUENTE de toda vida.

 

Tanto la bioética como la teología se ocupan de la vida humana en situaciones culminantes de pobreza y debilidad como la enfermedad, la discapacidad y la muerte.

 

La Bioética, para que sea humana, tiene que asumir el amor a la vida, sobretodo de los más menesterosos, como criterio de acción. Ahora bien, el amor a los hombres es la característica más relevante de Dios manifestada en la persona de Cristo y la acción del Espíritu Santo.

 

La Bioética como ética de la vida indica que en esta ciencia se abordan todos los asuntos que directa o indirectamente afectan el desarrollo de la vida. Blázquez (2000) dirá que “los problemas que se plantean en la bioética son esencialmente humanos, y, por lo mismo, caen por su propio peso en el ámbito del Magisterio eclesial” (p.37)[2]. Sabemos que la Bioética lleva unas décadas de hacer presencia en el discurso sobre el trato debido a la vida; en cambio siempre ha estado presente en las fuentes de la Revelación y en el discurso teológico moral[3], así la Palabra ha tomado carne en Jesucristo quien ha mostrado como camino de salvación la opción preferencial por el desvalido, por el vulnerable, por la vida, lo cual nos lleva a entender que esta es una misión de la que no puede desentenderse el Magisterio Católico, pues orientar a los miembros de la Iglesia, en cuestiones tan delicadas como las que afectan a la Bioética, constituye uno de sus deberes propios e ineludibles [4].

 

Cuando pensamos en el tratamiento que da la religión a las problemáticas abordadas por la bioética, hablamos de Bioética teológica como lo señala Juan María de Velasco (2011):  Hablamos de bioética teológica por la especificidad de una reflexión que presta atención especial a las aportaciones de la fe cristiana en las denominadas cuestiones Bioéticas. La Bioética Teológica encuentra su identidad en la propuesta de vida buena a la luz de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio en este mundo donde la vida se encuentra amenazada por los poderes económicos y políticos que intervienen en las ciencias biomédicas  (p.98)

 

Para enfatizar en la pertinencia de la teología en el discurso bioético, bajo la orientación del magisterio eclesial, tengamos en cuenta dos textos que muestran como la Iglesia propone con fuerza la relación entre la ética de la vida y la ética social:

 

En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas. (Caritas in Veritate n. 74)

 

Pablo VI había percibido y señalado ya el alcance mundial de la cuestión social. Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de que implica no sólo el modo mismo de concebir, sino también de manipular la vida, cada día más expuesta por la biotecnología a la intervención del hombre. La fecundación in vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí donde el absolutismo de la técnica encuentra su máxima expresión. En este tipo de cultura, la ciencia está llamada únicamente a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no han de minimizarse los escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los nuevos y potentes instrumentos que la «cultura de la muerte» tiene a su disposición. (Caritas in Veritate n. 75)

 

Es el objetivo ahora exponer algunos retos que se le presentan a la bioética-teológica, para que la Iglesia continúe con su misión profética:

 

1. La Iglesia debe conservar su papel de maestra

 

Ya Juan Pablo II insistía en el papel de la Iglesia ante los avances de la ciencia en materia de intervención en la vida humana, como “maestra de humanidad”. Esta es una enseñanza que no podemos olvidar, lo cual significa también comprender los nuevos lenguajes y encontrar las palabras adecuadas que permitan entrar en un diálogo abierto y claro con la bioética. Por ello, como teólogos, debemos buscar siempre la forma de superar aquellas barreras que están apareciendo en la aceptación del discurso teológico en temas que le son connaturales como lo es la vida, ante lo cual los teólogos debemos presentar un lenguaje y actitud propicia para que nuestro discurso sea validado como una propuesta sugerente ante las problemáticas actuales, retomando su misión primera como lo sugiere Blázquez (2010).

 

Epistemológicamente hablando lo más grave de este enfoque, del potencial estorbo de la teología moral en los asuntos de la bioética, consiste en la confusión del diálogo teológico con el objeto y método propios de la teología. Pienso que el diálogo interdisciplinar es parte esencial del método teológico. Pero no es ni el fin último de la reflexión teológica ni su objeto propio. El debate teológico es para encontrar la verdad sobre Dios, de todas las cosas en cuanto referidas a Él y el sentido último de la vida humana.  (p.69) .

 

La exclusión del discurso teológico en la bioética conduce a que no valoremos una parte fundamental de la integralidad de la persona, como son sus creencias, expresión fundamental de su espíritu. Lo cual es determinante en su concepción de la vida y su valía. El olvido sistemático de esta dimensión ha llevado a tomar decisiones bioéticas que en lugar de promover la vida, suscitan la muerte, como cuando se aprueba fácilmente suspender la vida en cualquier etapa de su desarrollo, simplemente por la ausencia o limitación de algunas condiciones físicas. Si lo miramos con calma, resulta ilógico e irracional hablar de la vida humana y promocionar su calidad cuando el valor supremo de la vida es relegado por otro que depende de la existencia misma del ser que lo posee. Cuando pensamos en el origen de la vida y nos encontramos con su don no podemos silenciarnos excluyendo la referencia a Dios, ya que el propio discurso bioético en esta materia nos conduce lógicamente a hablar de Él.

 

2. Fortalecer la relación entre ciencia y fe.

 

En la Iglesia se ha insistido en la relación razón y fe, encontrando una complementariedad necesaria para poder acercarnos a la verdad sobre Dios y el Hombre. Vida y muerte, era materia que se trataba de comprender desde los parámetros teológicos, hoy, cuando las indagaciones sobre estas experiencias se buscan en la ciencia, se hace necesaria una presencia determinante de la fe en el encuentro con el misterio de la vida y de la muerte, en donde siempre la fe emplazará una luz de esperanza. En un ambiente en donde parece reinar la idea de la imposibilidad de diálogo entre las profesiones relacionadas con el cuidado de la vida y las encargadas del acercamiento a la dimensión trascendente del ser humano, Velasco (2011) nos señala algunas aportaciones que la bioética-teológica hace a la bioética general y que al mismo tiempo fortalecen el diálogo fe y ciencia:

 

El criterio básico y el interés decisivo de la bioética católica es la dignidad y el bien de la persona, en cuanto creada a imagen y semejanza de Dios y en cuanto renovada por Cristo.

 

La bioética teológica es particularmente sensible al cambio y a la transformación de las estructuras y situaciones sociales de injusticia en los ámbitos de la medicina.

 

La bioética teológica manifiesta la catolicidad de la fe cristiana en propuestas éticas de orientación universal, y al mismo tiempo, atentas a las peculiaridades culturales de los grupos humanos.

 

La opción preferencial por el pobre también tiene funcionalidad en las cuestiones bioéticas.

 

La solidaridad es un valor supremo de la bioética teológica. En este sentido, es válida la propuesta de ofertar, desde la ética teológica, el principio de solidaridad para matizar la teoría principialista de tanta importancia en la bioética.

 

3. Legitimar su servicio a la vida.

 

Hablamos del mensaje central de la Revelación como Buena nueva, y le corresponde a la reflexión teológica hacer que este mensaje fundamental, que está lleno de signos de esperanza, permee la vida humana que se encuentra en riesgo de ser maltratada en su dignidad y disminuida en su calidad, unas veces por los intereses mezquinos de unos cuantos y otras por la falta de formación para asumir los retos de la vida con un criterio más formado que informado. Para superar este reto Podríamos seguir el modelo de bioética presentado por Blázquez (2010): “El modelo de bioética más objetivo y completo deseable es aquel que tenga en cuenta los datos más objetivos de la ciencia, de la razón filosófica y las aportaciones de la antropología teológica en torno al origen, naturaleza y dignidad del hombre” (p.63)

 

Así como el progreso científico y la medicina se legitiman por su servicio o aporte a la vida, también el discurso teológico lo hace al propiciar en toda la humanidad aquellas directrices que le permiten al hombre vivir la libertad de los hijos de Dios, cuya mayor expresión puede ser la búsqueda incesante de la verdad. Asi lo podemos entender de las palabras pronunciadas por el Papa Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II:

 

Un saludo especial para vosotros, los buscadores de la verdad, a vosotros los hombres del pensamiento y de la ciencia, los exploradores del hombre, del universo y de la historia; a vosotros los peregrinos en marcha hacia la luz, y a todos aquellos que se han parado en el camino, fatigados y decepcionados por una vana búsqueda. También para vosotros tenemos un mensaje y es este: continuad, continuad buscando sin desesperar jamás de la verdad. Recordad la palabra de uno de vuestros grandes amigos, san Agustín: “Buscamos con el afán de encontrar y encontramos con el deseo de buscar aún más”. Felices los que poseyendo la verdad la buscan aún, con el fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás (p.72)

 

Magisterio Latinoamericano en relación a la Bioética

 

Al acercarnos a los documentos conclusivos de las 5 Conferencias del Episcopado Latinoamericano, podremos encontrar orientaciones fundamentales para mostrar que el discurso teológico tiene mucho que decir a las situaciones actuales de nuestro pueblo, y nos abre el horizonte de la bioética superando las esferas del tratamiento médico que recibe la vida humana. A continuación sólo una selección de textos.

 

Conferencia de Rio 1955

82. Confía en que los católicos dedicados a la acción social, además de desarrollar su actividad en obras específicamente católicas, se hagan merecedores de que su colaboración sea deseada y requerida también en otras instituciones tanto privadas como públicas, por la seguridad de su doctrina, el espíritu desinteresado de su acción y la perfección de sus conocimientos y del trabajo que realizan.

 

Conferencia de Medellín 1968

6. Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da "el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas.

 

Condiciones de vida menos humanas

Condiciones de vida más humanas

Las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital

 

Las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo.

 

Las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones.

El remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario.

 

La victoria sobre las calamidades sociales

 

La ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura.

 

El aumento en la consideración de la dignidad de los demás.

 

La orientación hacia el espíritu de pobreza.

 

La cooperación en el bien común.

 

La voluntad de paz.

 

El reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin.

 

La fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.

 

 

Conferencia de Puebla 1979

Verdad sobre el hombre

I.9. La verdad que debemos al hombre es, ante todo, una verdad sobre él mismo. Como testigos de Jesucristo somos heraldos, portavoces, siervos de esta verdad que no podemos reducir a los principios de un sistema filosófico o a pura actividad política; que no podemos olvidar ni traicionar.

 

Quizá una de las más vistosas debilidades de la civilización actual esté en una inadecuada visión del hombre. La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes. ¿Cómo se explica esa paradoja? Podemos decir que es la paradoja inexorable del humanismo ateo. Es el drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser —el Absoluto— y puesto así frente a la peor reducción del mismo ser. La constitución pastoral Gaudium et spes toca el fondo del problema cuando dice: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado» (n. 22).

 

III. Defensores y promotores de la dignidad: La dignidad humana, valor evangélico

 

III. 1. Quienes están familiarizados con la historia de la Iglesia, saben que en todos los tiempos ha habido admirables figuras de obispos profundamente empeñados en la promoción y en la valiente defensa de la dignidad humana de aquellos que el Señor les había confiado. Lo han hecho siempre bajo el imperativo de su misión episcopal, porque para ellos la dignidad humana es un valor evangélico que no puede ser despreciado sin grande ofensa al Creador.

 

Esta dignidad es conculcada, a nivel individual, cuando no son debidamente tenidos en cuenta valores como la libertad, el derecho a profesar la religión, la integridad física y psíquica, el derecho a los bienes esenciales, a la vida... Es conculcada, a nivel social y político, cuando el hombre no puede ejercer su derecho de participación o está sujeto a injustas e ilegítimas coerciones, o sometido a torturas físicas o psíquicas.

 

III.2. Si la Iglesia se hace presente en la defensa o en la promoción de la dignidad del hombre, lo hace en la línea de su misión, que aun siendo de carácter religioso y no social o político, no puede menos de considerar al hombre en la integridad de su ser. El Señor delineó en la parábola del buen samaritano el modelo de atención a todas las necesidades humanas (cf. Lc 10,30), y declaró que en último término se identificará con los desheredados —enfermos, encarcelados, hambrientos, solitarios—, a quienes se haya tendido la mano (cf. Mt 25,31ss). La Iglesia ha aprendido en estas y otras páginas del Evangelio (cf. Mc 6,35-44) que su misión evangelizadora tiene como parte indispensable la acción por la justicia y las tareas de promoción del hombre (cf. Documento final del Sínodo de los Obispos, octubre de 1971), y que entre evangelización y promoción humana hay lazos muy fuertes de orden antropológico, teológico y de caridad (cf. Evangelii nuntiandi 31); de manera que «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta personal y social del hombre» (ibid., 29).

 

Tengamos presente, por otra parte, que la acción de la Iglesia en terrenos como los de la promoción humana, del desarrollo, de la justicia, de los derechos de la persona, quiere estar siempre al servicio del hombre; y al hombre tal como ella lo ve en la visión cristiana de la antropología que adopta. Ella no necesita, pues, recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender y colaborar en la liberación del hombre: en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta a la vida (cf. Gaudium et spes 26, 27 y 29).

 

III.3. No es, pues, por oportunismo ni por afán de novedad que la Iglesia, «experta en humanidad» (Pablo VI, Discurso a la ONU, 5 de octubre de 1965), es defensora de los derechos humanos. Es por un auténtico compromiso evangélico, el cual, como sucedió con Cristo, es, sobre todo, compromiso con los más necesitados.

 

Fiel a este compromiso, la Iglesia quiere mantenerse libre frente a los opuestos sistemas, para optar sólo por el hombre. Cualesquiera sean las miserias o sufrimientos que aflijan al hombre, Cristo está al lado de los pobres; no a través de la violencia, de los juegos de poder, de los sistemas políticos, sino por medio de la verdad sobre el hombre, camino hacia un futuro mejor.

 

III.4. Es condición indispensable para que un sistema económico sea justo, que propicie el desarrollo y la difusión de la instrucción pública y de la cultura. Cuanto más justa sea la economía, tanto más profunda será la conciencia de la cultura. Esto está muy en línea con lo que afirmaba el Concilio: que para alcanzar una vida digna del hombre, no es posible limitarse a tener más, hay que aspirar a ser más (Gaudium et spes 35).

 

III.7. Hay que poner particular cuidado en la formación de una conciencia social a todos los niveles y en todos los sectores. Cuando arrecian las injusticias y crece dolorosamente la distancia entre pobres y ricos, la doctrina social, en forma creativa y abierta a los amplios campos de la presencia de la Iglesia, debe ser precioso instrumento de formación y de acción. Esto vale particularmente en relación con los laicos: «Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares» (Gaudium et spes 43). Es necesario evitar suplantaciones y estudiar seriamente cuándo ciertas formas de suplencia mantienen su razón de ser. ¿No son los laicos los llamados, en virtud de su vocación en la Iglesia, a dar su aporte en las dimensiones políticas, económicas, y a estar eficazmente presentes en la tutela y promoción de los derechos humanos?

 

Conferencia de Santo Domingo 1992

Promoción humana: dimensión privilegiada de la nueva evangelización

 

La IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano ha querido perfilar las líneas fundamentales de un nuevo impulso evangelizador que ponga a Cristo en el corazón y en los labios, en la acción y la vida de todos los latinoamericanos. Ésta es nuestra tarea: hacer que la verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre penetren más profundamente en todos los estratos de la sociedad en búsqueda de su progresiva transformación.

 

Hoy también nosotros, como pastores de la Iglesia en América Latina y el Caribe, en fidelidad al Divino Maestro, queremos renovar su actitud de cercanía y de acompañamiento a todos nuestros hermanos y hermanas; proclamamos el valor y la dignidad de cada persona, y procuramos iluminar con la fe su historia, su camino de cada día. Éste es un elemento fundamental de la Nueva Evangelización.(Santo Domingo, Mensaje 15)

 

Sí, confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. él es el Hijo único del Padre, hecho hombre en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, que vino al mundo para librarnos de toda esclavitud de pecado, a darnos la gracia de la adopción filial, y a reconciliarnos con Dios y con los hombres. él es el Evangelio viviente del amor del Padre. En él la humanidad tiene la medida de su dignidad y el sentido de su desarrollo. (Santo Domingo, Conclusiones 8)

 

El anuncio cristiano, por su propio vigor, tiende a sanar, afianzar y promover al hombre, a constituir una comunidad fraterna, renovando la misma humanidad y dándole su plena dignidad humana, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio (cf. EN 18). La Evangelización promueve el desarrollo integral, exigiendo de todos y cada uno el pleno respeto de sus derechos y la plena observancia de sus deberes, a fin de crear una sociedad justa y solidaria, en camino a su plenitud en el Reino definitivo. El hombre está llamado a colaborar y ser instrumento con Jesucristo en la Evangelización. En América Latina, continente religioso y sufrido, urge una Nueva Evangelización que proclame sin equívocos el Evangelio de la justicia, del amor y de la misericordia.

 

El sentido último del compromiso de la Iglesia con la promoción humana, predicado reiteradamente en su magisterio social, está en la firme convicción de que «la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y los corazones, esto es, de la fe y de la caridad» (GS 42). «Con el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora del desarrollo precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos» (Rm 59), «salvaguardando siempre la prioridad de las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la salvación escatológica» (Rm 20). Así procediendo la Iglesia ofrece su participación específica a la promoción humana, que es deber de todos. (Santo Domingo, Conclusiones 157)

 

Conferencia de Aparecida 2007

464. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos.

 

465. La globalización influye en las ciencias y en sus métodos, prescindiendo de los cauces éticos. Los discípulos de Jesús tenemos que llevar el Evangelio al gran escenario de las mismas, promover el diálogo entre ciencia y fe, y, en ese contexto, presentar la defensa de la vida. Este diálogo debe ser realizado por la ética y en casos especiales por una bioética bien fundada. La bioética trabaja con esta base epistemológica, de manera interdisciplinar, donde cada ciencia aporta sus conclusiones.

 

466. No podemos escapar de este reto de diálogo entre la fe, la razón y las ciencias. Nuestra prioridad por la vida y la familia, cargadas de problemáticas que se debaten en las cuestiones éticas y en la bioética, nos urge iluminarlas con el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia.

 

467. Asistimos hoy a retos nuevos que nos piden ser voz de los que no tienen voz. El niño que está creciendo en el seno materno y las personas que se encuentran en el ocaso de sus vidas, son un reclamo de vida digna que grita al cielo y que no puede dejar de estremecernos. La liberalización y banalización de las prácticas abortivas son crímenes abominables, al igual que la eutanasia, la manipulación genética y embrionaria, ensayos médicos contrarios a la ética, pena capital, y tantas otras maneras de atentar contra la dignidad y la vida del ser humano. Si queremos sostener un fundamento sólido e inviolable para los derechos humanos, es indispensable reconocer que la vida humana debe ser defendida siempre, desde el momento mismo de la fecundación. De otra manera, las circunstancias y conveniencias de los poderosos siempre encontrarán excusas para maltratar a las personas.

 

468. Los anhelos de vida, de paz, de fraternidad y de felicidad no encuentran respuesta en medio de los ídolos del lucro y la eficacia, la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, los ataques a la vida intrauterina, la mortalidad infantil, el deterioro de algunos hospitales, y todas las modalidades de violencia sobre niños, jóvenes, hombres y mujeres. Esto subraya la importancia de la lucha por la vida, la dignidad y la integridad de la persona humana. La defensa fundamental de la dignidad y de estos valores comienza en la familia.

 

Conclusión

 

De lo expuesto es necesario recordar que la Bioética teológica que se desarrolla en nuestro contexto latinoamericano no puede ser la misma que se construye bajo la orientación Europea o la Anglosajona. El contexto latinoamericano exige otra dinámica a raíz de las estructuras polítcas y sociales que la reciben. Las ideas del magisterio expuestas ayudan al teólogo y a la teóloga de latinoamerica a concretar su importante papel en el discernimiento ante el trato que recibe el ser humano que se encuentra en estado de vulnerabilidad, ante las políticas de estado o de los organismos legislativos que promueven acciones que necesitan ser confrontadas por el testimonio profético de los teólogos y teólogas que iluminados por su fe muestran al mundo la necesidad de considerar la dignidad ontológica del ser humano y buscar así la vida bienaventurada, como se puede ampliar en el artículo "La Bioética y la Lumen Fidei" de este mismo blog.

 

 

 

 

[1] Los problemas éticos de la biomedicina pueden ser considerados desde los parámetros de la racionalidad humana. Es lo que hace la disciplina de la bioética racional. Pero también pueden ser planteados desde los presupuestos de la ética teológica… nacida dentro de la tradición teológica, la bioética actual vive ya emancipada en su propia casa. Pero no por eso ha de privarse de la benéfica vecindad de la teología ni eludir el diálogo fecundo con  los que cultivan ese viejo saber vinculado más a las creencias que a las ideas  (Juan María Velasco. Bioética y Humanismo Cristiano, 2011, p. 118)

 

 

[2] La Tradición tiene una profunda dimensión moral. Ya el Concilio de Trento afirmó que el Evangelio es fuente de toda verdad salvífica y “toda disciplina de costumbres” por lo cual el Evangelio es fuente no solamente de verdades sino fuente moral… la tradición moral es una realidad de vida: la tradición se transmite con su vida, instituciones, culto, ritos y no sólo con la palabra… la tradición moral es la vida pneumática de toda la Iglesia en todos sus miembros, la vida del Espíritu que hace presente a Cristo… la tradición moral tiene una dimensión de fe. La Tradición actualiza la fe en la vida  (Velasco, 2011, p.37) 

 

 

[3] En la Sagrada Escritura, Palabra de Dios escrita por hombres y a la manera humana (DV 12), está presente un determinado horizonte hermenéutico de la naturaleza y la vida, en el que el radical monoteísmo judío, y en ocasiones, la influencia de los saberes helénicos han marcado significativamente ciertas normas morales a lo largo de los siglos posteriores (Velasco, 2011, p.77)

 

 

[4] Discernir con prudencia qué significa progreso científico sin olvidar la Palabra del Evangelio es la tarea que tiene encomendada la Bioética Teológica para colaborar a “esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época”  (Velasco, 2011, p.65)

 


 

  • Google Clean
  • Twitter Clean
  • Facebook Clean